“Soy enemigo de las recetas”
Por: Patricia Ruvalcaba
N47

“Soy enemigo de las recetas”


Actualmente el arquitecto Urquiaga restaura el convento de La Merced.

Las palabras son las precisas. Los ademanes, cortos. La estatura, elevada. Hasta los ojos azul estaño y el saco marino del arquitecto Juan Urquiaga Blanco (1936) tienen una calculada elegancia. Cuesta imaginarlo en mangas de camisa en el “terregal”, examinando las entrañas de algún ex convento del siglo XVII.
Egresado de la UNAM, restaurador experto en edificios virreinales, Urquiaga lleva más de 30 años despanzurrando edificios enfermos para devolverles la salud, muchos de ellos en el Centro Histórico. Por esa labor, realizada ya como asesor, ya como autor de proyectos, el 15 de mayo pasado el Festival de México le entregó la Medalla al Mérito. La Fundación Centro Histórico recibió esa noche idéntico galardón.
El acto fue en el Palacio de Bellas Artes, un paciente de Urquiaga, por cierto. Otro es nada menos que el monumental ex convento de Santo Domingo de Guzmán, en Oaxaca, que le valió el premio Reina Sofía 1994. Más edificios resucitados por él son los del Banco de México y el Palacio Postal. Ahora, en su plancha quirúrgica tiene al ex claustro de La Merced.

Usted ha hecho buena parte de su carrera en el Centro Histórico.
Empecé a involucrarme en la época en la que se hizo la primera intervención a gran escala en el Centro, que fue en el sexenio de José López Portillo. Hubo un acontecimiento que despertó el interés: fue el hallazgo de la Coyolxauhqui, la deidad de la luna (en 1978, en las inmediaciones del Templo Mayor).
“Se empezó a hacer un inventario de todos los edificios que había que rescatar, empezando por algunos públicos y de uso oficial: el Museo Nacional de San Carlos (MNSC), la SEP, Palacio Postal... Yo tuve la suerte de ser asesor del Secretario de Educación, Fernando Solana, en el gran proyecto del Centro Histórico”.
“Después vino el problema del terremoto de 1985. Eso obligó a restaurar muchos edificios que se habían dañado y adaptar otros para nuevos usos”.

Y entonces fue cuando trabajó con el arquitecto José Luis Benlliure…
Sí, con el arquitecto Benlliure trabajamos en hacer una arquitectura que se integrara al conjunto monumental del Centro Histórico.
Aquí la historia: varios edificios dañados por el sismo fueron adquiridos por el BM para suplir los que la institución perdió en la avenida 20 de Noviembre. Por ejemplo, en 5 de Mayo, el antiguo edificio Condesa —esquina con callejón de la Condesa— y el de La Palestina —esquina con Bolívar. También el antiguo hospital de Betlemitas, hoy Museo Interactivo de Economía (Mide).
Los inmuebles de 5 de Mayo habían perdido sus niveles superiores; sobre lo que quedó, Benlliure y Urquiaga levantaron edificios recios cuya altura y fachada armonizaran con la estética circundante.
En Betlemitas, donde fungió como asesor, se rescató la estructura original, ahogada en una espesísima maraña de elementos añadidos a través del tiempo —“era una vecindad, había ahí 75 viviendas, vivía gente hasta en la azotea en cuartos de madera”—; el rescate se llevó casi 12 años.
Esos proyectos son recordados como uno de los capítulos más brillantes de la restauración en México y figuran en la literatura especializada.
También con Benlliure (1928-1994), Urquiaga levantó un anexo en el MNSC, otro en la Cámara de Comercio de la Ciudad de México, dañados por los sismos, proyectó el Museo Mural Diego Rivera. Nuevamente, el reto fue lograr “una arquitectura contemporánea que se integrara” a la antigua.

Usted es experto en edificios del virreinato, pero ha tenido pacientes más jóvenes.
“Pues el Palacio de Bellas Artes (1938), que fue de mis primeros trabajos (fines de los años setenta). Como que cuando lo estaban terminando se les acabó el dinero y, por ejemplo, tenía unos pisos de linóleo llenos de agujeros”.
En la Sala Principal Urquiaga sustituyó el roñoso linóleo por losas de mármol de Carrara. También recimentó el pórtico poniente, que estaba hundido, y elaboró un plan maestro, especie de manual de uso que los inmuebles deben tener.
El Palacio Postal (1907) es otro paciente joven de Urquiaga, quien coordinó los trabajos de su restauración, efectuados en dos periodos, 1991-1992 y 1996-2000.
“Fue un proyecto muy amplio” en el que participaron varios arquitectos. Sólo los planos del proyecto ejecutivo sumaron 550. Para fortuna del Palacio Postal, había abundante documentación sobre el plan de su diseñador, Adamo Boari.
“Para devolverle su altura” se demolieron dos puentes que lo comunicaban con el Banco de México, entrepisos y otras “obras falsas”, todo de los años cincuenta, cuando el Banco tomó para sí los dos pisos superiores.
Los agregados habían sobrecargardo la estructura y ahogado y oscurecido el edificio. Urquiaga le devolvió su función estructural, su respiración vertical y su luminosidad, así como sus colores, decorados y accesorios originales, como los elevadores.


Correos recuperó su luz interior.

¿Y su credo sobre restauración?
La idea nuestra —a menudo usa la primera persona del plural y tiende a guardar las manos bajo la mesa— siempre ha sido volver a echar a andar la estructura como funcionó originalmente, con las ayudas técnicas actuales, no estamos peleados con ellas, pero no hay que falsear.
Luego, “El problema fundamental es analizar el edificio y tener la imaginación suficiente para darle un uso que no lo destruya. Entonces, un convento, aunque no sea convento, tiene que seguir conservando su estructura conventual, si no, lo echamos a perder. Ahí no podemos hacer un cine”.

¿Qué se necesita para ser restaurador, además de ser arquitecto?
Se tiene que ser buen arquitecto, punto número uno. Punto número dos, hay que estudiar mucha historia de la arquitectura y geometría.

¿Geometría?
Geometría, porque todas las estructuras responden a trazos geométricos. Entonces, hay que analizarlas y ver el sistema de proporción, cómo es, porque eso le da a uno datos de las alturas, de los anchos.
“Esto es un oficio, es una técnica, hay que estudiar la historia de la arquitectura para ver cómo se construía un edificio, o cómo se construía este otro. No se puede reparar algo si no se sabe cómo estaba construido”.


La Merced “tiene que seguir conservando su estructura conventual”.

Usted tiene fama de poder reconstruir con una pequeña evidencia todo un orden estético.
Definitivamente, las evidencias hablan por sí solas. En Santo Domingo, fue muy discutido que hayamos reconstruido las bóvedas. Nada más que encontré los empotres de las bóvedas; entonces, a ver, que me digan por qué no.

En el mundo de la restauración hay quienes se oponen a ese tipo de reconstrucciones.
Es algo con lo que no puedo estar de acuerdo. A mí no se me ocurriría ponerle brazos a la Venus de Milo, porque no sabemos cómo eran.
“Siempre he dicho que la restauración termina donde comienza la hipótesis. Ya cuando uno empieza a suponer cosas, 'no pues a lo mejor aquí era así', ya no hay que meterse. Pero cuando hay datos fehacientes, que se encuentra uno el cimiento de un muro que tiraron, bueno, pues se vuelve a hacer el muro. No veo por qué no”.
Ahora, “No se puede hacer una restauración como si fuera una obra nueva”, bajo un programa preestablecido. Generalmente la documentación histórica sobre los inmuebles escasea, y aunque la haya, muchas intimidades se conocen hasta que se está allí, al hacer calas y escarbar. De ahí que muchas decisiones se tomen sobre la marcha.
La restauración, asimismo, es una tarea multidisciplinaria. “Hay  muchos oficios involucrados: restauración de madera, herrería, cantería, carpintería, todo. Son artesanías independientes, entonces hay que contratar a los especialistas en cada caso. Por eso sí es complicado dirigir un proyecto de restauración”. 

Hay que intimar mucho con los edificios. ¿Se les llega a querer?
Todos son diferentes, entonces en algunos casos es un problema, en otros es otro. En todos hay que dar soluciones muy particulares. Por eso soy enemigo de las recetas: una buena solución en un caso puede ser un desastre en otro. Algún director del INAH me decía que por qué no hacíamos un manual. No se puede. Ni siquiera puedo decir que los aplanados hay que hacerlos de tal o cual forma, porque todo depende del edificio, de la luz que tiene, de su arquitectura...

En el Centro Histórico, ¿cree que ya asimilamos que sí conviene invertir, cuidar los edificios?
Yo creo que sí. Lo bueno de este asunto es que se han ido sumando obras, todos los rescates que ese han hecho, a partir de 1978, el conjunto del Banco de México, los grandes museos de la Ciudad, como el Nacional de Arte, el Franz Mayer, en fin, ahorita el Centro Histórico está en mejores condiciones que hace 30 años, definitivamente.
Urquiaga celebra el que se haya dado un cambio de actitud no sólo en las autoridades, sino en los particulares. Cita el restaurante Al Andalus, en la calle de Mesones, que antes era bodega y tenía tapiado el patio.
“El dueño, Salvador Castillo, se dio cuenta de qué tenía, yo se lo dije, ¡tienes una joya convertida en bodega!”.
Pero, advierte: “No se puede hacer todo, es imposible, no hay dinero que alcance. Por eso lo que hemos estado haciendo es restaurar edificios emblemáticos, porque sirven de detonante y de modelo. Por ejemplo, en Oaxaca —y como efecto de la restauración de Santo Domingo— se va a hacer la ruta de los conventos dominicos, y ahí están los tres grandes que estamos restaurando ahorita: Santo Domingo Yanhuitlán, San Pedro y San Pablo Teposcolula y San Juan Bautista Coixtlahuaca. Ése es el asunto: restaurando esos tres se va a obligar a hacer restauraciones en toda la zona”.
Urquiaga también tiene entre manos —como asesor de Proyectos especiales del INAH— el ex claustro de La Merced, cuyas obras espera terminar en este año. El lugar albergará un centro cultural y, como parte del mismo, un museo textil.

¿Cuál es el plan para La Merced? ¿Qué hallazgos ha hecho?
Va a tener cuatro grandes salas de exhibición, vamos a construirle sobre la plaza la entrada, porque ese edificio no tiene fachada (fue demolida), vamos a hacer ahí un edificio donde van a estar todos los servicios para no modificar para nada el interior, dejarlo limpio.
“Vamos a recuperar los dos grandes salones que quedaron del viejo convento, que están en la parte posterior del edificio. Y en el patio empezamos por recuperar su nivel original; estaba enterrado porque con motivo de las inundaciones se iban echando pisos uno sobre otro”.
“Ahí hemos bajado el nivel alrededor de un metro y descubrimos una fuente al centro, que no se conocía. Un metro es bastante. Las columnas estaban prácticamente hundidas, entonces esto adquiere una monumentalidad mucho mayor. Lo más importante es que hemos recuperado la proporción original del claustro”.
Es un poco difícil sacarle una sonrisa a Juan Urquiaga, pero no imposible. Se le comentó que la gente cree que en los edificios antiguos pasan cosas extraordinarias. Él se apresuró a aclarar:
“En espantos yo no creo. Yo he pasado (en obra) de noche, y nunca he visto nada raro. Luego hay la creencia de que en las iglesias hay túneles. Lo único que hemos encontrado son drenajes, que en los edificios antiguos son de mampostería de piedra y son como túneles, pero no son para caminar. La gente cree que eso servía para comunicarse y no es cierto. A mí me decían en Santo Domingo, por ejemplo, que había un túnel que comunicaba el Convento de Santo Domingo con el de las mojas de Santo Domingo (aquí se le sale una sonrisa pícara). Hubo un historiador que me decía aquí está el túnel. Hicimos un agujero y no apareció nada.
“Hemos encontrado, eso sí, esqueletos. En las iglesias se enterraba gente. Tesoros, tampoco. Los buscadores de tesoros han atentado contra varios edificios, porque hacen agujeros y tiran muros, y se hunden y es un desastre. Y creo que con poco éxito, porque no he sabido que hayan encontrado grandes fortunas”.

El tesoro es el edificio verdadero, el que está escondido dentro del edificio modificado.
Exactamente, ése es el tesoro.


En Bellas Artes Urquiaga hizo uno de sus primeros rescates.