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Maestros de ceremonias

Maestros de ceremonias

19 Julio 2016
13:48
Por: 
Gabriel Rodríguez

En diversos rincones de la ciudad se llevan a cabo rituales que sirven para amalgamar el tejido social con la reunión y los convivios alrededor de un reconocimiento, una conmemoración, un festejo, una pérdida o un bautizo, una unión matrimonial o la graduación de un individuo o de todo un grupo. En una enorme gama de eventos públicos o privados, laicos, oficiales o religiosos, hay algún individuo que se encarga de hacer correr el protocolo y hacer llegar los capítulos que integran la ceremonia. Las voces conductoras de los ritos, tienen la encomienda de dar información de lo que acontece y se tiene previsto, pero también son la crónica y el anuncio, el resumen y las conclusiones en la despedida.

Sin dominar la pulcritud y la respiración no se puede llegar a conquistar los oídos de una audiencia atenta, aún así, es misterioso aquello que cautiva escuchar y define el gusto por ciertos estilos, unos más solemnes y otros más desparpajados. Son también las manecillas imprescindibles que conocen el orden de los actos, y les toca lidiar con las contingencias y los imprevistos. A diferencia con los merolicos que repiten sin cesar su verborrea invariable, los maestros de ceremonias conducen, recorren y clausuran frente al público congregado. Se distingue de la liturgia, que siempre es la representación de una historia conocida. Ser maestro de ceremonias es un oficio delicado, que puede enaltecer u ofender a quien introduce. En el simposio que se llevaba entre especialistas en un claustro, se demoraban demasiado al leer los currículos, tan abundantes como sus espesas barbas y algunas veces tan densos como los cristales de sus gafas. Cuando acababan la lectura de sus extensas hojas de vida, más de uno había olvidado el título de la mesa de reflexión.

Tanto lo académico como lo deportivo, necesita autoridades que den fe del nivel de la instancia y funjan como los jueces, que certifican con autonomía y participan ajenos a las confrontaciones. No siempre son virtuosas esas partículas de algarabía y pueden darse los excesos que opacan el brillo de aquello fuera de lo normal. En sus corrupciones, se envenenan los protocolos con anuncios comerciales de los patrocinadores o se deshace en pleitesías a los jerarcas presentes. A veces no escapa a la adulación de sus invitados y sirve como el besamanos que alimenta la hoguera de la fama.

Sin duda, un mal presentador puede hundir el acto al que se debe, cuando deviene perorata o no hay conexión con quienes escuchan y siguen el pulso del acontecimiento. Aún en los tiempos de los acarreados y el simulacro de las devociones políticas, algo debe vibrar y de eso se encarga alguien de confianza. En las escuelas se celebran diversas ceremonias, orientadas por las efemérides y hay otras que cierran ciclos con el calendario solar. La experiencia para quien se dedica a ello va dando frutos, como el dominio de la entonación y el porte, la precisión y el vestuario adecuado. Cada ocasión amerita un guiño de novedad y ocurrencia, sabiendo saludar y despedir, agradeciendo a quienes lo hacen posible; es conveniente dejar que las palabras llenen el espacio con claridad.

En la Arena Coliseo en la calle de Perú, se cultiva el grito colectivo y lo que se da en el cuadrilátero ha servido como escuela de locutores, presentadores y comentaristas deportivos que retratan oralmente las coreografías efímeras del combate. En el imaginario colectivo, quedan los juglares que narran las epopeyas que reposan un mar de sonidos que se agiganta cuando la arenga induce, acalla y sella el alarido de la multitud al unísono.

Al Zócalo van los oradores y viven fugazmente los discursos o los acordes. Habrá alguien que hilvane desde los intermedios y a su vez serán coautores del mensaje guardado en los apuntes tejidos de antemano. La pirotecnia efusiva de las palabras quedará apagada en la hoja arrugada, con los datos de último momento, las tachaduras y los insertos. De la entrega de diplomas a los bailes de salón, es necesaria cierta enjundia para darle la bienvenida a los licenciados y ponerle picardía a la noche. Estos chamanes urbanos son los responsables de animar, invitar, agasajar al público que mueve sus cuerpos y participa con su presencia.

Estar del otro lado del micrófono parece sencillo, pero es embarazoso tropezar con los apellidos y trastocar nombres de ciudades y universidades extranjeras, patinando con los acentos de las lenguas, amputando títulos de libros y dilatando el comienzo con la farragosa lectura del pedigrí de los participantes. Sí, es muy conveniente saber manejar los adjetivos como una espuma controlada y no como una melcocha empalagosa, porque puede ser un fiasco si el principal orador está irritado. Es conveniente acentuar la familiaridad y no convertir al ponente en un bicho de zoológico. Creer que adornar en exceso tendrá un efecto positivo en el ánimo, puede convertirse en un despropósito que arruina el clima, a menos que se quiera dar un mensaje de lapidario prestigio.

Paradójica e inevitablemente, con el tiempo esos engranajes humanos acaban desgastados y el color de los ceremoniales que se empaña con la pátina de la rutina, afecta la gravedad de los cultos y acelera el deterioro de las afinidades. La bienvenida a la sorpresa es algo delicado y cuando no aparece el conductor es peor, porque el evento sin cabeza se revuelve en ciclos imprevistos y puede extenderse ad infinitum o estropearse por algún malentendido que no se contemplaba.

En la fiesta infantil o en una boda, es fundamental el guión para no provocar escenas que no se pueden echar en reversa, como una piñata rota prematuramente o una lluvia de arroces fuera de lugar. Confundir al payaso con el notario puede ser catastrófico y alterar la secuencia de un concurso puede despertar la furia de los aficionados a la lotería. Retrasar la emisión radiofónica del Himno Nacional, crea un incómodo vacío que se sacude con la rúbrica oficial que certifica que ha concluido otra jornada. En los paisajes radiofónicos, durante el día el leitmotiv de las emisoras es recordar su ubicación en el dial de la frecuencia, constatando el paso de las horas con desapasionado rigor o con una exagerada euforia.

En el cine del siglo XX quedaron fijados los ademanes, las fórmulas y los sonsonetes de la retórica presidencialista, de la que el estilo fue vaciado de contenido y se acartonó en una cantaleta manierista, que se niega a desaparecer y asfixia con sus injertos de formalismo. Para lograr un evento satisfactoriamente, en algunos casos se realizan ensayos que luego permitan una sensación de que se lleva “en tiempo real”, aunque las coreografías se hayan preparado incansablemente. En esas mareas, se necesita alguna ancla que no deje a la deriva esa energía. Las antenas de las emociones que tomaran el micrófono se visten de negro y por la noche colgarán sus sacos, y en los roperos, seguirán vibrando los aplausos en los sensibles oídos de la polilla.

Fotos: Gabo Rodríguez