Al filo de las tijeras

Al filo de las tijeras

8 Abril 2016
13:14
Por: 
Gabriel Rodríguez

Hay sonidos tan discretos que parecen imperceptibles, pero integran la identidad sonora de los oficios y hacen perdurar a los establecimientos en la memoria. A las tiendas de accesorios y productos especializados que hay en el Centro Histórico, hay que añadir otros tipos de comercio en donde lo que se vende son servicios y no siempre se trata de ir por alguna cosa, sino que a veces, uno paga por quitarse de encima algo, reponer o restaurar lo roto o lo perdido. El inmenso cajón de sastre que es el corazón de la ciudad lo contiene todo, en un recreo infinito de modas y convivios. En las rutinas y los hábitos urbanos nunca han faltado los salones de belleza, las barberías y las peluquerías que han conformado las “Estéticas”, universos del aseo y la vanidad colectiva, que perduran con el misterio de las reinvenciones de los peinados y el estilismo de las barbas, las patillas y los bigotes, que reflejan las personalidades individuales y a la vez, las mentalidades colectivas.

Cada espacio representa una ventana al mantenimiento de algún estilo o la posibilidad de salir de la rutina e innovar en las formas. Podríamos pensarlas como academias de la restauración o conservatorios de la imagen, en donde el acuerdo con el autor del corte es esencial para no provocar una catástrofe narcisista de ser testigo, frente al espejo, de cómo se desmorona el proyecto de volver a un estado más o menos fijo de la apariencia o bien, realizar una mudanza radical del verse. Las esperas sirven para acariciar las páginas donde duermen los modelos hasta ser vistos y deseados, repudiados e imitados asiduamente. Es la ocasión para leer noticias inverosímiles que confirman la frontera del espectáculo en lo polimorfo de las industrias culturales. Antes de ir a despedirse de las mechas, los lectores casuales se enteran de lo excéntrico y rebuscado de los personajes mediáticos, las infidelidades de las estrellas y lo abyecto de las arpías que llevan las telenovelas fuera de las fábricas de sueños pasteurizados con la televisión, que vive incansable entre esas cuatro paredes.

Sentado en una Estética Lety, oí que detrás del Teatro Blanquita hay un lugar al que se acude no a dejar ir el cabello ni a llevarse una sustancia renovadora o protectora, sino para un ajuste imprescindible: la restauración del filo de las tijeras, que se realiza por especialistas y con herramientas particulares. Devolver al metal su condición cortante, es preciso después de las batallas capilares que permanentemente, se miden teniendo de fondo esas manecillas metálicas con sordina o estruendo, que se escuchan en los apretados o espaciosos locales con vista a las calles, los pasajes, las plazas públicas y comerciales. Envueltos en glamour o detenidas en lo rústico, son termómetros de la necesidad y la coquetería en los barrios. Las navajas de afeitar acentúan el peligro de esas caricias del acero en la piel, llevándose además de la espuma el exceso de vello en los rostros. Es muy leve, e inexacto sería afirmar que no se escucha, porque hay vibraciones presentes en esos cuidadosos gestos, que podrían acabar con la vida del cliente si se ejecutan mal y se inclina la navaja hacia el lado equivocado. Mientras tanto han ido llegando y evolucionando máquinas que complementan los servicios y han ampliado los tratamientos con uso del calor y diversas sustancias desechables, para enfriar y modificar los colores del cabello con ayuda del papel de aluminio para que actúen los pigmentos con soltura.

Todo un gesto amanecer un día con una transformación parcial o total del tono y un nuevo colorido para decir algo en el lenguaje de los tintes; disimular las canas es un arte efímero que se mide contra la naturaleza. Hay una infinidad de trucos, técnicas y estrategias para lograr diseños arrebatados o mantener los trazos consagrados a lo largo del tiempo. En las peluquerías conviven clientes y profesionales de la tijera en sucesivas generaciones, que llegan a ser tanto o más populares entre una comunidad que el cura o el agente de tránsito, al despachar incansablemente en los establecimientos de embellecimiento, esos arrecifes donde bancos de revistas frívolas y catálogos comerciales, gacetas de moda y productos, acumulan cápsulas de deseos empapelados. En estos consulados de la individualidad donde se renuevan y mantienen los trazos de la personalidad, los anfitriones devienen confidentes y cómplices, animadores y orejas atentas a las vidas ajenas que tienen lugar bajo las cabelleras que recortan y dan lucimiento.

Nunca se está solo, al asomarse al tránsito de los reflejos, y los olores de otros tratamientos pueden llevarnos a nuevas texturas en los aromas, revelando la agresión química a la materia, que se disuelve, se fija o se transforma con la violencia de las moléculas, que se apoderan de otras y dejan una estela que se disimula cambiando los aires, así como se modifican esos paisajes capilares, cuticulares, de los callos rebajados y la pureza de las uñas visitadas y revisitadas por los esmaltes. No hay como salir indemne al bombardeo de signos, con los posters, la radio o la tele encendida, los murmullos ajenos entre los espejos asistiendo a la metamorfosis ajena y preparando la propia. En las fachadas, los nombres propios alternan con las constelaciones y los signos zodiacales, y cada quien entregará a Mary, Lety, Fabby, Vanessa, Carlo o Leonardo sus herencias cabelludas. O bien ofrendará a Geminis, Acuario o Leo sus anhelos. La Jaula de las locas encierra más de un significado y la distancia y proximidad entre un salón y otro, hacen pensar en un equilibrio de la oferta de filo y la demanda de jardineros de la greña.