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Días de prensa

Días de prensa

2 Febrero 2016
18:57
Por: 
Gabriel Rodríguez

A Sandra Ortega y Patricia Ruvalcaba, que a través del KM Cero nos han revelado con puntualidad e inmensidad lo infinito del Centro Histórico.

Desde las cercanas cuadras de la información, vuelven convertidos en ocho columnas los sucesos que tienen lugar en las plazas, las calles y las arterias del Centro Histórico donde fluyen millones de almas. Lo que aquí se dice y hace, se maquila en otros barrios no muy lejos, para convertirse en nota y reporte informativo, cápsula, reportaje o crónica urbana que suma al palimpsesto de papeles y contenidos expandidos en plasmas y conservados en podcast. La letra impresa viaja envuelta en un papel cuya caducidad la tienen las manecillas inclementes e incansables. Muertas las noticias con el ocaso, ese racimo de novedades empieza a marchitarse conforme pasan los días. Poco a poco la gravedad de esos datos se arruina y se va extinguiendo aquello que una mañana incendió la primera plana. Conforme avanzan las semanas, las declaraciones se hacen huecas y los apretones de manos de los jerarcas se desvanecen con los siguientes gestos del pragmatismo. En el devenir vienen programadas la decadencia de los materiales y la de los eventos, que se van volviendo historia y secuencia mientras se pintan lentamente de color amarillo. Las arrugas de los dobleces, guardan las veces que fueron extendidas y contempladas esas hojas, hechas taco y extendidas para de nuevo activarse con la vista, encender los anuncios publicitarios y despertar deseos tibios.

En hemerotecas circunstanciales, se junta la prensa que estuvo en los aparadores y que ahora se renueva reciclada para envolver aguacates y fruta, proteger el piso de una obra de pintura en los muros, recaudar excrementos en las jaulas de los pájaros, proteger antigüedades o piezas en tránsito, recoger los cristales rotos de un vaso de vidrio que cayó al suelo, secar los interiores de un par de zapatos que perdieron la batalla contra un diluvio, limpiar la mierda de un perro y pegarle por haber ensuciado el piso. Antes de ese infinito de segunda mano, todo comienza en el circuito de publicaciones periódicas y la clientela de un vendedor de revistas y periódicos es extensa, y abarca una gama bien variada. Desde los que han pasado en generaciones comprando en esa esquina donde se despliegan las novedades, los despistados que buscan manuales de guitarra o guías de turismo y los turistas que ojean las postales sin entender bien los titulares. Ocasionales, crónicos y cotidianos, hay los que se detienen rigurosamente a comprar allí y encender su cigarro suelto o buscar discretamente pornografía. Otros se llevan del arrecife de encabezados los resultados del fútbol y las dimensiones del busto y las caderas de las modelos que compiten en las ocho columnas contra los accidentes y las tragedias de sangre. Están los coleccionistas de suplementos que esperan mensualmente la entrega y los que encargan pedidos especiales. Hay también compradores que como un cometa, se acercan al puesto de vez en cuando. Como cliente fijo de un establecimiento, mantengo una rutina en la que recojo una pila que ha ido reposando y creciendo a lo largo de siete semanas, guardando varios periódicos y revistas dominicales. Ese es el día que me llevo una bolsa con varios kilos de alimento informativo en estado inerte, que iré leyendo y descubriendo a destiempo, sin la fiebre de las coyunturas, para recortar a placer y circular en busca de lo imprevisto y las sorpresas inimaginadas.

La metrópolis a la que acuden los reporteros de fuente, es un epicentro de reuniones, reclamos, reivindicaciones y manifiestos que ha ido mutando aceleradamente. El Zócalo es un portentoso escenario que igual acoge ferias del libro, un set cinematográfico o un campo de tiro con arco, y continúa siendo un escenario musical de todo tipo, la tribuna política pública más importante del país y un imán comercial y turístico por excelencia, es decir, un volcán de experiencias, fotografías y secuencias de cine, video profesional y amateur. En el Centro también está el Club de periodistas en la calle de Filomeno Mata donde varias generaciones han hecho del corazón de la ciudad su residencia. Todo eso se emite en ese pulso y las imágenes salen codificadas en ondas que serán reproducidas y almacenadas. En las cercanías de algunos barrios cercanos, los vecinos amanecen con el ronroneo de las rotativas que escupen kilos de periódico impreso que se empaca para subir a bordo de camionetas y motocicletas que salen en todas direcciones. Los repartidores tienen rutas fijas que alimentan diariamente en la cadena de transmisión que empieza en la calle y a ella regresa después de haber sido formateado en los cuartos de redacción y retocado con los respectivos pinceles editoriales. A la mañana siguiente, vuelven para ser consumidos los hechos que tuvieron lugar en esas calles, tan solo unas horas antes y de nuevo son leídos, devorados históricamente en sus fragmentos.

El estrellato de los malandrines y el ascenso silencioso de los malosos, la indolencia de los ineptos y la impunidad de los indignantes también forma parte de la dieta en la que no faltan los opinólogos y los villanos, los rostros y rastros de los magnates y las princesas de plástico, que son empapelados para ser engullidos por los consumidores de la industria cultural: trabajadores, empleadas, burócratas, obreros y funcionarios que comparten los horizontes de los tabloides. La prensa es el arrecife y el fósil necesario de la cultura para dejar huellas del correr de la tinta, el transcurrir de los sueños de papel y esos pulsos de la homeopatía crítica.

Fotos: Gabo Rodríguez